[1] (CAP. 76) Al maestro de coro, a Yedutún. Salmo de Asaf.
[2] Con toda mi voz grito a Dios, levanto mi voz a Dios para que me escuche.
[3] En el momento de mi angustia busco al Señor; de noche levanto mis manos sin descanso, pero no encuentro consuelo.
[4] Si más me acuerdo de Dios, más gimo; mientras más medito, más me desanimo.
[5] No me dejas dormir, estoy angustiado y no puedo hablar;
[6] pienso en los días lejanos, en los años pasados;
[7] de noche reflexiono, lo medito y me pregunto:
[8] «¿Es que el Señor nos rechaza para siempre, y deja de otorgarnos su favor?
[9] ¿Se ha agotado completamente su amor? ¿Se ha acabado para siempre su promesa?
[10] ¿Se habrá olvidado Dios de ser compasivo, o la ira habrá endurecido sus sentimientos?».
[11] Y pienso: «Lo que más me apena es que el Altísimo ha dejado de favorecernos».
[12] Recuerdo las hazañas del Señor; tus maravillas de otros tiempos.
[13] Considero todas tus obras, medito tus proezas.
[14] Oh Dios, santo es tu proceder. ¿Qué dios es tan grande como nuestro Dios?
[15] Tú, el Dios que realiza maravillas, hiciste que los pueblos experimentaran tu poder;
[16] con tu fuerza rescataste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José.
[17] Te vio el mar, oh Dios, te vio el mar y tembló, hasta el océano se estremeció.
[18] Las nubes descargaron sus aguas, los nubarrones tronaron, zigzaguearon tus rayos.
[19] El estruendo de tu trueno resonaba en la tempestad, los relámpagos alumbraban el mundo y la tierra temblaba y se estremecía.
[20] Te abriste un camino por el mar, un sendero por las aguas caudalosas, y nadie descubrió tus huellas.
[21] Guiabas a tu pueblo como un rebaño, Moisés y Aarón lo conducían.