[1] (CAP. 38) Al maestro de coro; a Yedutún. Salmo de David.
[2] Yo pensé: «Vigilaré mi proceder para no pecar con mi lengua; amordazaré mi boca mientras el malvado esté junto a mí».
[3] Y aunque me mantuve en silencio, inútilmente me callé, porque mi dolor aumentó
[4] y me quemaba por dentro el corazón; de tanto pensar me iba enfureciendo, hasta que me puse a hablar:
[5] «Señor, dame a conocer mi fin, y cuántos van a ser mis días; que me dé cuenta de lo limitado que soy.
[6] Me diste sólo un puñado de días, mi vida no es nada ante ti; el hombre es como un soplo que desaparece,
[7] como una sombra que pasa; se afana por cosas transitorias; atesora, sin saber para quién».
[8] Y ahora, Señor mío, ¿qué espero? Mi confianza está puesta en ti.
[9] Líbrame de mis pecados, no me hagas motivo de burla para los necios.
[10] Yo me callo y no abro la boca, pues eres tú el que actúa.
[11] Aparta de mí tus golpes, que tu castigo acaba conmigo.
[12] Castigando sus culpas, corriges al hombre; como una polilla carcomes sus tesoros. El hombre es como un soplo que desaparece.
[13] Escucha mi súplica, Señor, pon atención a mis gritos; no te hagas el sordo a mis llantos, porque yo soy tu huésped, un extranjero, como mis antepasados.
[14] No te fijes en mis pecados, dame un momento de calma antes de que me vaya y deje de existir.