[1] (CAP. 9) ¿Por qué, Señor, te mantienes alejado, y te escondes en los momentos de angustia?
[2] El malvado oprime al humilde con su orgullo, y lo atrapa en la intriga que ha tramado.
[3] El malvado se gloría de su ambición, y el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
[4] El malvado dice con arrogancia: «Dios no me va a pedir cuentas».
[5] Lo que emprende, prospera continuamente. Lo tienen sin cuidado tus mandatos, desafía a todos sus enemigos;
[6] dice en su interior: «No sucumbiré, seré feliz, no tendré desgracias».
[7] Su boca está llena de maldiciones, fraudes y engaños, en su lengua sólo hay insulto y maldad.
[8] Se pone al acecho junto a los poblados, para matar a escondidas al inocente. Sus ojos espían al indefenso;
[9] está al acecho, escondido como león en su guarida, al acecho para atrapar al humilde; lo atrapa y lo arrastra en su red.
[10] Se agacha, se oculta, y los indefensos caen en sus garras.
[11] Luego piensa: «Dios lo ha olvidado, se ha tapado los ojos y no ve nada».
[12] ¡Levántate, Señor Dios, despliega tu poder, no te olvides de los humildes!
[13] ¿Por qué desprecia el malvado a Dios, pensando: «tú no me pedirás cuentas»?
[14] Pero tú ves la pena y el dolor y los tomas en tus manos: el indefenso se abandona en ti, tú eres la salvación del huérfano.
[15] ¡Quebranta el poder del malvado, pídele cuentas de su maldad hasta que desaparezca!
[16] El Señor reinará por los siglos de los siglos; los paganos desaparecerán de su tierra.
[17] Tú, Señor, escuchas los deseos de los humildes, confortas su corazón, les haces caso;
[18] haces justicia al huérfano y al oprimido, e impides que el hombre mortal vuelva a infudir terror.