[1] (CAP. 39) Al maestro de coro. Salmo de David.
[2] Puse toda mi esperanza en el Señor; él se inclinó hacia mí y escuchó mi grito.
[3] Me sacó del hoyo mortal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre la roca, dio firmeza a mis pasos.
[4] Puso en mi boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios; muchos temerán al verlo y confiarán en el Señor.
[5] Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no se va con los idólatras, que corren tras el engaño.
[6] ¡Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío! ¡Cuántos proyectos para nosotros! ¡No hay nadie como tú! Yo quisiera contarlos, publicarlos, pero son innumerables.
[7] Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero hiciste que te escuchara; no pides holocaustos ni víctimas.
[8] Entonces yo digo: Aquí estoy, para hacer lo que está escrito en el libro acerca de mí.
[9] Amo tu voluntad, Dios mío, llevo tu ley en mi interior.
[10] He proclamado tu fidelidad en la gran asamblea; tú sabes, Señor, que no me he callado.
[11] No he ocultado tu fidelidad en el fondo de mi corazón, proclamé tu lealtad y tu salvación, no oculté tu amor y tu lealtad en la gran asamblea.
[12] Tú, Señor, no me cierres tus entrañas; que tu amor y tu lealtad me protejan siempre,
[13] porque me rodean innumerables males, mis culpas recaen sobre mí y son tantas, que no puedo ni verlas: son más que los cabellos de mi cabeza, y me falta el ánimo.
[14] Señor, ven a liberarme, ven pronto a socorrerme.
[15] Queden derrotados y confundidos los que buscan mi muerte. Retrocedan humillados los que se alegran de mi mal;
[16] queden abrumados de vergüenza los que se ríen de mí.
[17] Pero que se alegren y se regocijen contigo todos los que te buscan; que los que anhelan tu salvación repitan: «¡Qué grande es el Señor!».
[18] Yo soy humilde y necesitado, pero tú, Señor mío, cuidarás de mí. ¡Tú eres quien me socorre y me libra, Dios mío, no tardes!