[1] ¡Vengan, cantemos al Señor! Aclamemos con alegría a la Roca de nuestra salvación.
[2] Acerquémonos a él con acción de gracias. Cantémosle salmos de alabanza,
[3] porque el Señor es Dios grande, un gran Rey sobre todos los dioses.
[4] En sus manos sostiene las profundidades de la tierra y las montañas más imponentes.
[5] El mar le pertenece, pues él lo creó; sus manos también formaron la tierra firme.
[6] Vengan, adoremos e inclinémonos. Arrodillémonos delante del Señor, nuestro creador,
[7] porque él es nuestro Dios. Somos el pueblo que él vigila, el rebaño a su cuidado. ¡Si tan solo escucharan hoy su voz!
[8] El Señor dice: «No endurezcan el corazón como lo hizo Israel en Meriba, como lo hizo el pueblo en el desierto de Masá.
[9] Allí sus antepasados me tentaron y pusieron a prueba mi paciencia, a pesar de haber visto todo lo que hice.
[10] Durante cuarenta años estuve enojado con ellos y dije: “Son un pueblo cuyo corazón se aleja de mí; rehúsan hacer lo que les digo”.
[11] Así que en mi enojo juré: “Ellos nunca entrarán en mi lugar de descanso”».