[1] Señor, a lo largo de todas las generaciones, ¡tú has sido nuestro hogar!
[2] Antes de que nacieran las montañas, antes de que dieras vida a la tierra y al mundo, desde el principio y hasta el fin, tú eres Dios.
[3] Haces que la gente vuelva al polvo con solo decir: «¡Vuelvan al polvo, ustedes, mortales!».
[4] Para ti, mil años son como un día pasajero, tan breves como unas horas de la noche.
[5] Arrasas a las personas como si fueran sueños que desaparecen. Son como la hierba que brota en la mañana.
[6] Por la mañana se abre y florece, pero al anochecer está seca y marchita.
[7] Nos marchitamos bajo tu enojo; tu furia nos abruma.
[8] Despliegas nuestros pecados delante de ti —nuestros pecados secretos— y los ves todos.
[9] Vivimos la vida bajo tu ira, y terminamos nuestros años con un gemido.
[10] ¡Setenta son los años que se nos conceden! Algunos incluso llegan a ochenta. Pero hasta los mejores años se llenan de dolor y de problemas; pronto desaparecen, y volamos.
[11] ¿Quién puede comprender el poder de tu enojo? Tu ira es tan imponente como el temor que mereces.
[12] Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría.
[13] ¡Oh Señor, vuelve a nosotros! ¿Hasta cuándo tardarás? ¡Compadécete de tus siervos!
[14] Sácianos cada mañana con tu amor inagotable, para que cantemos de alegría hasta el final de nuestra vida.
[15] ¡Danos alegría en proporción a nuestro sufrimiento anterior! Compensa los años malos con bien.
[16] Permite que tus siervos te veamos obrar otra vez, que nuestros hijos vean tu gloria.
[17] Y que el Señor nuestro Dios nos dé su aprobación y haga que nuestros esfuerzos prosperen. Sí, ¡haz que nuestros esfuerzos prosperen!