[1] Señor, ¡oye mi oración! ¡Escucha mi ruego!
[2] No te alejes de mí en el tiempo de mi angustia. Inclínate para escuchar y no tardes en responderme cuando te llamo.
[3] Pues mis días desaparecen como el humo, y los huesos me arden como carbones al rojo vivo.
[4] Tengo el corazón angustiado, marchito como la hierba, y perdí el apetito.
[5] Por mi gemir, quedé reducido a piel y huesos.
[6] Soy como un búho en el desierto, como un búho pequeño en un lugar remoto y desolado.
[7] Me acuesto y sigo despierto, como un pájaro solitario en el tejado.
[8] Mis enemigos se burlan de mí día tras día; se mofan de mí y me maldicen.
[9] Me alimento de cenizas; las lágrimas corren por mis mejillas y se mezclan con mi bebida,
[10] a causa de tu enojo y de tu ira, pues me levantaste y me echaste.
[11] Mi vida pasa tan rápido como las sombras de la tarde; voy marchitándome como hierba.
[12] Pero tú, oh Señor, te sentarás en tu trono para siempre; tu fama durará por todas las generaciones.
[13] Te levantarás y tendrás misericordia de Jerusalén; ya es tiempo de tener compasión de ella, ahora es el momento en que prometiste ayudar.
[14] Pues tu pueblo ama cada piedra de sus murallas y atesora hasta el polvo de sus calles.
[15] Entonces las naciones temblarán ante el Señor; los reyes de la tierra temblarán ante su gloria.
[16] Pues el Señor reconstruirá Jerusalén; él aparecerá en su gloria.
[17] Escuchará las oraciones de los desposeídos; no rechazará sus ruegos.
[18] Que esto quede registrado para las generaciones futuras, para que un pueblo aún no nacido alabe al Señor.
[19] Cuéntenles que el Señor miró hacia abajo, desde su santuario celestial. Desde los cielos miró la tierra
[20] para escuchar los gemidos de los prisioneros, para poner en libertad a los condenados a muerte.
[21] Por eso la fama del Señor se celebrará en Sion, y sus alabanzas en Jerusalén,
[22] cuando las multitudes se reúnan y los reinos vengan a adorar al Señor.
[23] En la mitad de mi vida, me quebró las fuerzas, y así acortó mis días.
[24] Pero clamé a él: «Oh mi Dios, el que vive para siempre, ¡no me quites la vida en la flor de mi juventud!
[25] Hace mucho tiempo echaste los cimientos de la tierra y con tus manos formaste los cielos.
[26] Ellos dejarán de existir, pero tú permaneces para siempre; se desgastarán como ropa vieja. Tú los cambiarás y los desecharás como si fueran ropa.
[27] Pero tú siempre eres el mismo; tú vivirás para siempre.
[28] Los hijos de tu pueblo vivirán seguros; los hijos de sus hijos prosperarán en tu presencia».