[1] Te alabaré, Señor, con todo mi corazón; contaré de las cosas maravillosas que has hecho.
[2] Gracias a ti, estaré lleno de alegría; cantaré alabanzas a tu nombre, oh Altísimo.
[3] Mis enemigos retrocedieron, tambalearon y murieron cuando apareciste.
[4] Pues has juzgado a mi favor; desde tu trono juzgaste con imparcialidad.
[5] Reprendiste a las naciones y destruiste a los malvados; borraste sus nombres para siempre.
[6] El enemigo está acabado; quedó en ruinas eternas. Las ciudades que arrancaste de raíz ya pasaron al olvido.
[7] Pero el Señor reina para siempre; desde su trono lleva a cabo el juicio.
[8] Juzgará al mundo con justicia y gobernará a las naciones con imparcialidad.
[9] El Señor es un refugio para los oprimidos, un lugar seguro en tiempos difíciles.
[10] Los que conocen tu nombre confían en ti, porque tú, oh Señor, no abandonas a los que te buscan.
[11] Canten alabanzas al Señor, que reina en Jerusalén. Cuéntenle al mundo acerca de sus inolvidables hechos.
[12] Pues el vengador de los que son asesinados cuida de los indefensos; no pasa por alto el clamor de los que sufren.
[13] Señor, ten misericordia de mí. Mira cómo me atormentan mis enemigos; arrebátame de las garras de la muerte.
[14] Sálvame, para que te alabe públicamente en las puertas de Jerusalén, para que me alegre porque me has rescatado.
[15] Las naciones han caído en el hoyo que cavaron para otros; sus propios pies quedaron atrapados en la trampa que tendieron.
[16] Al Señor lo conocen por su justicia; los malvados son presos de sus propias acciones. Interludio de silencio
[17] Los malvados descenderán a la tumba; este es el destino de las naciones que se olvidan de Dios.
[18] Pero aquellos que pasen necesidad no quedarán olvidados para siempre; las esperanzas del pobre no siempre serán aplastadas.
[19] ¡Levántate, oh Señor! ¡No permitas que simples mortales te desafíen! ¡Juzga a las naciones!
[20] Haz que tiemblen de miedo, oh Señor; que las naciones sepan que no son más que seres humanos. Interludio