[1] El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras una luz les ha brillado.
[2] Has multiplicado su júbilo, has aumentado su alegría; se alegran en tu presencia con la alegría de la cosecha, como se regocijan los que se reparten un botín.
[3] Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el látigo del opresor que los hería.
[4] Arden devorados por el fuego la bota del guerrero prepotente y su manto empapado de sangre.
[5] Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros descansa el poder, y su nombre es: «Consejero prudente, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz».
[6] Acrecentará su soberanía y la paz no tendrá límites; establecerá y afianzará el trono y el reino de David sobre el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará.
[7] El Señor ha lanzado una palabra contra Jacob y ha caído sobre Israel.
[8] La oirá todo el pueblo, Efraín y los habitantes de Samaría, los que arrogantes y orgullosos dicen:
[9] Si se han caído los ladrillos, construiremos con piedras labradas; si han cortado los sicómoros, los sustituiremos por cedros.
[10] Pero el Señor incita contra él a sus enemigos, provoca a sus adversarios;
[11] Siria al este, los filisteos al oeste: ávidos han devorado a Israel. Y, con todo, su ira no se calma, su mano sigue amenazante.
[12] A pesar de todo, el pueblo no se ha convertido hacia quien lo hería, ni ha buscado al Señor todopoderoso.
[13] El Señor cortó a Israel cabeza y cola, palmera y junco en un solo día.
[14] (Los ancianos y nobles son la cabeza, los profetas mentirosos, la cola).
[15] Los guías de este pueblo lo extravían, así que los guiados se han perdido.
[16] Por eso, el Señor no se apiadará de los jóvenes, ni se compadecerá de los huérfanos y las viudas, porque todos son malvados y perversos y de sus bocas sólo salen estupideces. Y, con todo, su ira no se calma, su mano sigue amenazante.
[17] Se propaga la maldad como un incendio: devora espinos y zarzas, prende en la espesura del bosque y se levantan columnas de humo.
[18] La ira del Señor todopoderoso incendia esta tierra, y el pueblo es pasto del fuego. Nadie se compadece de su hermano.
[19] Se aprovechan de éste y no quedan satisfechos, abusan de aquel y aún quieren más. Cada uno devora a su prójimo:
[20] Manasés a Efraín, Efraín a Manasés, y los dos se juntan contra Judá. Y, con todo, su ira no se calma, su mano sigue amenazante.