[1] Así dice el Señor: Observen el derecho, actúen con rectitud, pues ya llega mi salvación y va a manifestarse mi liberación.
[2] Dichoso el hombre que actúa así, el mortal que se mantiene fiel, que observa el sábado y no lo profana, y que evita actuar perversamente.
[3] Que no diga el extranjero que se ha unido al Señor: «Sin duda, el Señor me separará de su pueblo». Ni diga tampoco el eunuco: «Soy como un árbol seco».
[4] Porque así dice el Señor: A los eunucos que observan mis sábados, que eligen cumplir mi voluntad y perseveran en mi alianza,
[5] los haré en medio de mi pueblo más célebres y poderosos, que si tuvieran hijos e hijas. Los haré eternamente famosos, y nunca serán olvidados.
[6] Y a los extranjeros que deciden unirse y servir al Señor, que se entregan a su amor y a su servicio, que observan el sábado sin profanarlo y son fieles a mi alianza,
[7] los llevaré a mi monte santo, y haré que se alegren en mi casa de oración. Aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; pues mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.
[8] Oráculo del Señor, que reúne a los dispersos de Israel y que reunirá otros a los ya reunidos.
[9] Vengan a comer, animales del campo, bestias todas de la selva.
[10] Los guardianes están ciegos, ninguno sabe nada. Son todos perros mudos incapaces de ladrar; vigilantes perezosos, a quienes gusta dormir,
[11] perros hambrientos que jamás se hartan. ¡Y son ellos los pastores! Pero no saben comprender: cada uno va por su camino, cada cual busca su interés.
[12] «Vengan, –dicen– busquemos vino, y emborrachémonos con licores; mañana haremos lo mismo, pues hay provisiones abundantes».