[1] Josafat, rey de Judá, regresó sano y salvo a su palacio de Jerusalén.
[2] Jehú, hijo de Jananí, el vidente, le salió al encuentro y le dijo: –¿Por qué te alías con el impío y con los enemigos del Señor atrayendo así su ira contra ti?
[3] Sin embargo, algo bueno hay en tu haber: has hecho desaparecer de Judá las imágenes sagradas y en tu corazón has buscado a Dios.
[4] Josafat tenía su residencia en Jerusalén, pero de nuevo emprendió una gira por todo el país, desde Berseba a las montañas de Efraín, para que el pueblo se convierta al Señor, Dios de sus antepasados.
[5] Estableció jueces en cada una de las ciudades fortificadas de Judá,
[6] y les dijo: –Atentos a lo que hacen, porque no administran justicia de los hombres, sino del Señor, que está presente en los juicios de ustedes.
[7] El Señor nuestro Dios no tolera injusticia, parcialidad ni sobornos.
[8] Josafat confió la administración de la justicia en Jerusalén a levitas, sacerdotes y jefes de familia de Israel. Residían en Jerusalén
[9] y Josafat les dio estas instrucciones: –Desempeñarán sus cargos en el temor del Señor, con piedad y con corazón perfecto.
[10] Cuando sus hermanos de las ciudades apelen al tribunal de ustedes en sus pleitos, sean causas criminales o cuestiones referentes a la ley, mandamientos, preceptos o costumbres, los instruirán para que no pequen contra el Señor y no se irrite contra ustedes y contra ellos. Si proceden así, no pecarán.
[11] En los asuntos referentes al Señor, los presidirá el sacerdote Amarías, y en los relativos al rey, Zabadías, hijo de Ismael, príncipe de la familia de Judá. Como escribas, tienen a los levitas. Esfuércense, y a trabajar; el Señor está siempre con el bueno.