[1] Si quieres convertirte a mí, Israel, oráculo del Señor, puedes hacerlo; si apartas de mi vista tus ídolos detestables, no tendrás que huir de mi presencia.
[2] Si juras por el Dios vivo, con verdad, rectitud y justicia, las naciones encontrarán en él gloria y bendición.
[3] Porque así dice el Señor a los habitantes de Judá y de Jerusalén: «Preparen un campo nuevo, no siembren entre cardos.
[4] Circuncídense para consagrarse al Señor, quiten el prepucio de su corazón, habitantes de Judá y de Jerusalén, no sea que estalle mi ira como fuego, y arda sin que nadie pueda apagarla, por la maldad de sus acciones».
[5] Publíquenlo en Judá, proclámenlo en Jerusalén, toquen la trompeta en el país, griten con toda fuerza diciendo: «Júntense y entremos en las ciudades fortificadas».
[6] Levanten la bandera hacia Sión, ¡escapen sin detenerse! Porque del norte traigo yo la desgracia, un gran desastre.
[7] Sale el león de su guarida; el saqueador de pueblos se pone en camino para dejar tu tierra como un desierto, para destruir tus ciudades y dejarlas deshabitadas.
[8] Por eso, vístanse de luto, laméntense y giman, porque no se aparta de nosotros la ardiente ira del Señor.
[9] Aquel día, oráculo del Señor, se acobardarán el rey y los príncipes, los sacerdotes quedarán aterrados, y estupefactos los profetas.
[10] Yo dije: ¡Ah, mi Dios y Señor, cómo has engañado a este pueblo y a Jerusalén, diciendo: «¡Tendrán paz!», mientras la espada se clava hasta el fondo!
[11] En aquel tiempo dirán a este pueblo y a Jerusalén: Un viento ardiente sopla desde las arenas del desierto contra la capital de mi pueblo, y no viene para limpiar el trigo;
[12] me llega un viento impetuoso: ahora soy yo quien va a juzgarlos.
[13] Avanza como las nubes, son sus carros como el huracán, sus caballos más veloces que águilas. ¡Ay de nosotros! ¡Estamos perdidos!
[14] Jerusalén, lava las maldades de tu corazón para que te salves. ¿Hasta cuándo anidarán en ti perversos proyectos?
[15] Un grito resuena desde Dan, desde las montañas de Efraín se anuncia un desastre.
[16] Adviertan a las naciones, publíquenlo contra Jerusalén: Los sitiadores llegan de un país lejano, gritan contra las ciudades de Judá;
[17] como se custodia un campo, la cercan por haberse rebelado contra mí, oráculo del Señor.
[18] Tu conducta y tus actos te han traído esto; es tu castigo, una amargura que hiere el corazón.
[19] ¡Ay mis entrañas, mis entrañas! ¡Me duelen las fibras del corazón! Se agita mi interior y no puedo tranquilizarlo, porque oigo el toque de trompeta, el grito de guerra.
[20] Se anuncia desastre tras desastre, todo el país ha sido destruido; de golpe son destruidas mis tiendas, mis carpas en un instante.
[21] ¿Hasta cuándo tendré que ver el estandarte y escuchar el toque de trompeta?
[22] Mi pueblo no reflexiona ni me conoce, son hijos necios, que no comprenden; son hábiles para el mal, pero no saben hacer el bien.
[23] Miro a la tierra: un vacío, un caos; miro a los cielos: han perdido su luz;
[24] miro a las montañas: tiemblan, y todas las colinas se tambalean;
[25] miro: no quedan hombres, y han huido todos los pájaros del cielo;
[26] miro: el vergel es un desierto, y todas las ciudades están destruidas ante el Señor y ante su ira ardiente.
[27] Así dice el Señor: Toda la tierra será devastada, yo la destruiré totalmente.
[28] Por eso la tierra está de luto, y los cielos, en lo alto, se oscurecen; lo he dicho y no me arrepiento, lo he resuelto y no me vuelvo atrás.
[29] Ante los gritos de jinetes y arqueros huye la ciudad entera; se meten en los bosques, trepan por las rocas. Todas las ciudades están abandonadas, no queda nadie en ellas.
[30] Y tú, ¿qué vas a hacer? Aunque te vistas de seda y te adornes con joyas de oro, aunque te maquilles los ojos, en vano te embelleces; tus amantes te desprecian, pues es tu vida lo que quieren.
[31] Oigo gritos como de mujer dando a luz, gemidos de primeriza: son los gritos de la hija de Sión que gime y alarga las manos: «¡Ay de mí, que sucumbo ante los asesinos!»