[1] Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, el Señor me dirigió esta palabra:
[2] «Así dice el Señor: Párate en el atrio del templo del Señor y proclama, sin omitir nada, todo lo que yo te mando decir a los que vienen de las ciudades de Judá para dar culto en el templo.
[3] Tal vez te hagan caso y se conviertan de su mala conducta. Si lo hacen, yo me arrepentiré del mal que pensaba hacerles para castigar sus malas acciones.
[4] Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecen; si no cumplen la ley que les he dado;
[5] si no escuchan las palabras de mis siervos los profetas, a quienes yo les envío sin cesar y ustedes no hacen caso,
[6] trataré a este templo como al santuario de Siló, y todas las naciones citarán el nombre de esta ciudad en sus maldiciones.
[7] Los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo oyeron a Jeremías pronunciar estas palabras en el templo del Señor.
[8] Y cuando Jeremías acabó de decir lo que el Señor le había mandado decir a todo el pueblo, lo apresaron los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, diciendo: –Morirás por esto.
[9] ¿Por qué profetizas en nombre del Señor, diciendo que este templo correrá la suerte del santuario de Siló y que esta ciudad será destruida y despoblada? Entonces todo el pueblo se abalanzó sobre Jeremías en el templo del Señor.
[10] Al enterarse de ello los jefes de Judá, subieron desde el palacio real hasta el templo del Señor, y se sentaron a la entrada de la puerta nueva del templo.
[11] Los sacerdotes y los profetas dijeron a los jefes y a todo el pueblo: –Este hombre merece la muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como acaban de escuchar con sus propios oídos.
[12] Pero Jeremías dijo a todos los jefes y al pueblo: –El Señor me ha enviado a profetizar contra este templo y contra esta ciudad todo lo que han oído.
[13] Así que corrijan su conducta y sus acciones, obedezcan al Señor, su Dios, y el Señor se arrepentirá del castigo con el que los ha amenazado.
[14] En cuanto a mí, estoy en sus manos; hagan de mí lo que les parezca bueno y justo,
[15] pero sepan que si me matan, serán responsables de la muerte de un inocente, ustedes, esta ciudad y sus habitantes, porque es verdad que el Señor me ha mandado a que les anuncie todas estas cosas.
[16] Los jefes y el pueblo entero dijeron a los sacerdotes y a los profetas: –Este hombre no merece la muerte, porque nos ha hablado en nombre del Señor nuestro Dios.
[17] Entonces, algunos ancianos del país se levantaron y dijeron al pueblo:
[18] –También en tiempos de Ezequías, rey de Judá, el profeta Miqueas, natural de Moreset, dijo al pueblo de Judá: «Así dice el Señor todopoderoso: Sión será arada como un campo, Jerusalén se convertirá en un montón de ruinas y el monte del templo se cubrirá de maleza».
[19] ¿Acaso Ezequías, rey de Judá, y su pueblo mataron por eso a Miqueas? No, sino que temieron al Señor y le suplicaron, de suerte que el Señor se arrepintió del castigo con que los había amenazado. Sin embargo, nosotros estamos a punto de acarrear un grave desastre sobre nosotros.
[20] Pero también hubo otro hombre que profetizaba en nombre del Señor: Urías, hijo de Semayas, de Quiriat Yearín, el cual profetizó contra esta ciudad y este país lo mismo que Jeremías.
[21] Cuando el rey Joaquín y todos sus oficiales y jefes oyeron sus palabras, el rey quiso matarlo. Urías se enteró y huyó a Egipto, pues temía que lo mataran.
[22] Pero el rey Joaquín mandó a Elnatán, hijo de Acbor, con algunos hombres a Egipto;
[23] sacaron de allí a Urías y lo llevaron a la presencia del rey Joaquín. El rey mandó que lo mataran a espada y que arrojaran su cadáver a la fosa común.
[24] A Jeremías, sin embargo, lo protegió Ajicán, hijo de Safán, y por eso no lo entregaron en manos del pueblo para que lo mataran.