[1] Ezequías, hijo de Ajaz, comenzó a reinar sobre Judá el año tercero de Oseas, hijo de Elá, rey de Israel,
[2] a los veinticinco años de edad. Reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre, Abí, era hija de Zacarías.
[3] Agradó con su conducta al Señor como su antepasado David.
[4] Suprimió los santuarios de los altozanos, derribó las imágenes sagradas, arrancó las piedras conmemorativas y deshizo la serpiente de bronce hecha por Moisés (pues los israelitas continuaban todavía quemándole incienso; la llamaban Nejustán).
[5] Puso su confianza en el Señor Dios de Israel y no hubo en Judá rey como él, ni entre sus sucesores ni entre sus antecesores.
[6] Vivió unido al Señor, sin apartarse de él, y cumplió los mandamientos que el Señor había ordenado a Moisés.
[7] El Señor estuvo con él, y por eso triunfó en todo lo que emprendió; se rebeló contra el rey de Asiria y no fue más su súbdito.
[8] Derrotó a los filisteos hasta Gaza, arrasando su territorio desde las torres de guardia hasta las ciudades fortificadas.
[9] El año cuarto del reinado de Ezequías y el séptimo de Oseas, hijo de Elá, rey de Israel, Salmanasar, rey de Asiria, atacó Samaría y la sitió.
[10] Al cabo de tres años, el sexto de Ezequías y el noveno de Oseas, rey de Israel, la conquistó.
[11] El rey de Asiria deportó a los israelitas a Asiria, y los estableció en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, y en las ciudades de Media,
[12] porque desobedecieron al Señor, su Dios, y rompieron su alianza, sin hacer caso ni poner en práctica nada de lo que Moisés, siervo del Señor, les había dicho y ordenado.
[13] El año décimo cuarto de Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, atacó y conquistó todas las ciudades fortificadas de Judá.
[14] Ezequías, rey de Judá, envió unos mensajeros a Laquis para decir al rey de Asiria: «He obrado mal; aléjate y aceptaré lo que me impongas». El rey de Asiria exigió a Ezequías, rey de Judá, diez mil kilos de plata y mil de oro.
[15] Ezequías entregó toda la plata que había en el templo del Señor y en el tesoro del palacio del rey;
[16] desmanteló las puertas del templo del Señor y los marcos que él mismo había recubierto de oro, y se lo entregó al rey de Asiria.
[17] El rey de Asiria envió desde Laquis a su general, al jefe de la casa del rey y al jefe de la guardia real con un fuerte ejército, para que fueran a Jerusalén, donde estaba el rey Ezequías. Llegaron a Jerusalén y se detuvieron junto al canal de la cisterna de arriba, en el camino del campo del Teñidor.
[18] Llamaron al rey, y se presentaron el mayordomo, Eliaquín, hijo de Jelcías; el secretario, Sobná; y el heraldo, Yoaj, hijo de Asaf.
[19] El jefe de la guardia real les dijo: –Comuniquen a Ezequías: Así dice el gran rey, el rey de Asiria: «¿En qué fundas tu confianza?
[20] ¿Crees que sólo palabras valen tanto para la guerra como la táctica y la fuerza? ¿En quién confías, para que te atrevas a rebelarte contra mí?
[21] Veo que confías en Egipto, esa caña astillada, que se clava y traspasa la mano de quien se apoya en ella. Porque eso es el faraón, rey de Egipto, para los que confían en él.
[22] Y si me dicen que confían en el Señor su Dios, ¿no es el Dios, cuyos altozanos y altares ha suprimido Ezequías, ordenando a Judá y a Jerusalén que sólo lo adoren en el altar de Jerusalén?»
[23] Por tanto, haz una apuesta con el rey de Asiria, mi señor. Yo te daré dos mil caballos, si eres capaz de encontrar jinetes para montarlos.
[24] ¿Cómo podrás hacer retroceder a uno sólo de los siervos más pequeños de mi señor? ¿Confías en que Egipto te enviará carros de guerra y jinetes?
[25] Además, yo he subido contra este lugar para destruirlo con el consen timiento del Señor, pues el Señor mismo me ha dicho: «Sube contra esa tierra y destrúyela».
[26] Eliaquín, hijo de Jelcías, Sobná y Yoaj dijeron al jefe de la guardia real: –Por favor, háblanos en arameo, que lo entendemos. No nos hables en hebreo, para que no lo escuche el pueblo que está en la muralla.
[27] El jefe de la guardia real les respondió: –Mi señor no me ha enviado a decir estas cosas a tu señor y a ti, sino a los hombres que están en la muralla, destinados, lo mismo que ustedes, a comer sus excrementos y a beber sus orines.
[28] Entonces, el jefe de la guardia real se puso en pie y en voz alta dijo en hebreo: –Oigan la palabra del gran rey, el rey de Asiria.
[29] Así dice el rey: No se dejen engañar por Ezequías, porque no podrá librarlos de mi poder.
[30] Que tampoco los haga confiar en el Señor aunque les prometa: El Señor nos librará, y no entregará esta ciudad en manos del rey de Asiria.
[31] No hagan caso a Ezequías, porque así dice el rey de Asiria: Hagan la paz conmigo y ríndanse a mí; así cada uno podrá comer de su viñedo y de su higuera, y beber el agua de su cisterna,
[32] hasta que yo venga para llevarlos a una tierra como la de ustedes, tierra de grano y de vino, de pan y de viñedos, de aceite y de miel. Así vivirán y no morirán. No hagan caso a Ezequías. Los engaña cuando les dice: El Señor nos librará.
[33] ¿Acaso los otros dioses han librado a su tierra del rey de Asiria?
[34] ¿Dónde están los dioses de Jamat y de Arpad? ¿Dónde los de Sefarvaín, de Aná y de Avá? ¿Dónde los de Samaría? ¿Acaso han librado a Samaría de mi poder?
[35] ¿Qué dios de estos países ha librado a su tierra de mi poder, para que el Señor pueda librar a Jerusalén?
[36] El pueblo estaba callado sin decir nada, porque el rey había mandado que no le respondieran.
[37] El mayordomo Eliaquín, hijo de Jelcías, el secretario Sobná y Yoaj, hijo de Asaf, se presentaron a Ezequías, con sus vestiduras rasgadas, y le comunicaron las palabras del jefe de la guardia real.