[1] Por aquellos días, al leer al pueblo el libro de Moisés, apareció escrito lo siguiente: «Los amonitas y los moabitas jamás formarán parte de la asamblea de Dios,
[2] pues no salieron a recibir con pan y agua a los israelitas, antes bien pagaron a Balaán para que los maldijera, aunque nuestro Dios cambió la maldición en bendición».
[3] Al oír esta ley, decidieron excluir de Israel a todos los extranjeros.
[4] Antes de esto, el sacerdote Eliasib, jefe de las salas del templo de nuestro Dios y pariente de Tobías,
[5] había reservado para éste una amplia sala en la que anteriormente se depositaban las ofrendas del incienso, los utensilios y los diezmos del trigo, del vino y del aceite, es decir, lo que estaba asignado a levitas, cantantes y porteros, además de lo destinado a la ofrenda de los sacerdotes.
[6] Mientras esto sucedía, yo no estaba en Jerusalén, pues el año treinta y dos del reinado de Artajerjes, rey de Babilonia, había regresado a la corte real. Al cabo de algún tiempo, pedí permiso al rey
[7] y vine a Jerusalén. En seguida me di cuenta del mal comportamiento de Eliasib al reservar para Tobías una sala en el atrio del templo de Dios.
[8] Esto me produjo tal disgusto que arrojé fuera de la sala todos los muebles de la casa de Tobías,
[9] mandé purificar la sala y coloqué de nuevo en ella los utensilios del templo de Dios, las ofrendas y el incienso.
[10] Me enteré también de que no se habían vuelto a entregar a los levitas las porciones a ellos asignadas, y que los levitas y los cantantes encargados del servicio habían tenido que irse cada uno a su pueblo.
[11] Reprendí a los responsables y les dije: –¿Por qué ha sido abandonado el templo de Dios? Entonces reuní a los levitas y los puse de nuevo en sus puestos.
[12] Todo Judá trajo a los almacenes el diezmo del trigo, del vino y del aceite.
[13] Como jefes de los almacenes nombré al sacerdote Selemías, al escriba Sadoc y al levita Pedayas, y como adjunto a Janán, hijo de Zacur, hijo de Matanías, todos ellos considerados personas de confianza; eran los encargados de hacer el reparto entre sus hermanos.
[14] Por esto, acuérdate de mí, Dios mío, y no olvides las buenas obras que hice por el templo de Dios y su servicio.
[15] Vi también por aquellos días que algunos en Judá hacían vino en sábado; otros acarreaban manojos de espigas, cargaban a los burros con vino, uva, higos y toda clase de cargas y los traían a Jerusalén en sábado. Les advertí que no vendieran sus productos en tal día.
[16] Residían también en Jerusalén comerciantes oriundos de Tiro que traían pescado y toda clase de mercancías y las vendían en sábado a los judíos.
[17] Reprendí, pues, a los responsables de esto en Judá diciéndoles: –Están cometiendo una mala acción al profanar el sábado.
[18] ¿No fue esto lo que hicieron sus antepasados y por lo que nuestro Dios hizo caer sobre nosotros y sobre nuestra ciudad todas estas desgracias? Al profanar el sábado están acrecentando su ira contra Israel.
[19] Mandé que la víspera del sábado, al anochecer, se cerraran las puertas y no se abrieran hasta después del sábado. Puse también en las puertas a algunos de mis hombres para que no dejaran pasar carga alguna el sábado.
[20] Pero algunos mercaderes, de los que comercian con toda clase de mercancías, pasaron la noche una o dos veces fuera de Jerusalén.
[21] Yo les advertí: –¿Por qué pasan la noche junto a la muralla? Si el hecho se repite, los arrestaré. Y no volvieron a aparecer en sábado.
[22] Mandé también a los levitas que se purificaran y vinieran a vigilar las puertas para asegurar que el sábado fuera santificado. También por esto acuérdate de mí, Dios mío, y ten piedad de mí según la grandeza de tu amor.
[23] Por aquellos días descubrí también que algunos judíos se habían casado con mujeres de Asdod, de Amón y de Moab.
[24] Media familia hablaba el idioma de Asdod o el de otros pueblos y desconocía el idioma judío.
[25] Yo los reprendí, los maldije, mandé azotar a muchos de ellos, hice que les raparan la cabeza y les hice jurar en el nombre de Dios que no se casarían ni ellos ni sus hijos ni sus hijas con extranjeros.
[26] ¿No fue precisamente ese el pecado de Salomón, rey de Israel? No hubo un rey semejante a él entre todas las naciones; Dios lo amaba y lo había constituido rey de todo Israel. Sin embargo, las mujeres extranjeras lo hicieron pecar.
[27] ¿Vamos a permitir que ustedes cometan una maldad tan grande y traicionen a nuestro Dios casándose con mujeres extranjeras?
[28] Incluso uno de los hijos de Yoyadá, hijo del sumo sacerdote Eliasib, era yerno de Sambalat, el joronita. Yo lo alejé de mi lado.
[29] No te olvides, pues, Dios mío, de cómo esta gente ha profanado el sacerdocio y la alianza establecida con sacerdotes y levitas.
[30] De esta manera purifiqué al pueblo de toda contaminación con extranjeros y restablecí los servicios de los sacerdotes y los levitas asignando a cada uno su función.
[31] Asimismo reglamenté la ofrenda de la leña y la de los primeros frutos en los tiempos señalados. Acuérdate de mí, Dios mío, para mi bien.