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Listen to this chapter • 6:48

[1] Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.

[2] Había en ella un hombre llamado Zaqueo, jefe de los que recaudaban impuestos para Roma y rico;

[3] quería conocer a Jesús, pero como era bajo de estatura, no podía verlo a causa del gentío.

[4] Corriendo se adelantó y se subió a un árbol para verlo, porque iba a pasar por allí.

[5] Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo: –Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa.

[6] El bajó a toda prisa y lo recibió muy contento.

[7] Al ver esto, todos murmuraban y decían: –Se ha hospedado en casa de un pecador.

[8] Pero Zaqueo se puso en pie ante el Señor y le dijo: –Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres y, si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más.

[9] Jesús le dijo; –Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán.

[10] Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

[11] Mientras la gente lo escuchaba, les contó otra parábola, porque estaba cerca de Jerusalén, y ellos creían que el reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente.

[12] Les dijo, pues: –Un hombre noble partió a un país lejano para ser coronado como rey y regresar después.

[13] Llamó a diez criados suyos y a cada uno le dio una importante cantidad de dinero diciéndoles: «­Hagan negocio mientras regreso».

[14] Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada a decir que no lo querían como rey.

[15] Cuando regresó, investido del poder real, mandó llamar a sus criados, a quienes había dado el dinero, para saber cómo había negociado cada uno.

[16] El primero se presentó y dijo: ­«Señor, tu dinero ha producido diez veces más».

[17] El dijo: «Muy bien, has sido un buen criado; puesto que has sido fiel en lo poco, recibe el gobierno de diez ciudades».

[18] Vino el segundo y dijo: «­Tu dinero, señor, ha producido cinco veces más».

[19] Y también a este le dijo: «­Tú recibirás el mando sobre cinco ciudades».

[20] Vino el otro y dijo: ­«Señor, aquí tienes tu dinero; lo he tenido guardado en un pañuelo,

[21] por temor a ti que eres un hombre exigente, pues recoges lo que no dejaste y quieres cosechar lo que no sembraste».

[22] El señor le contestó: ­«Eres un criado malo, y tus mismas palabras te condenan. ¿Sabías que soy exigente, que recojo lo que no dejé y cosecho lo que no sembré?

[23] Entonces, ¿por qué no depositaste mi dinero en el banco para que, al regresar, lo recuperara con los intereses?».

[24] Y dijo a los que estaban presentes: ­«Quítenle lo que le di y entréguenlo al que lo hizo producir diez veces más».

[25] Le dijeron: ­«Señor, ¡pero si ya tiene diez veces más!».

[26] Pues yo les digo: «­Al que tiene, se le dará, y al que no tiene, se le quitará incluso lo que tiene.

[27] En cuanto a mis enemigos, ésos que no me querían como rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia».

[28] Y dicho esto, Jesús siguió su camino, subiendo hacia Jerusalén.

[29] Al llegar cerca de Betfagé y de Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos

[30] con este encargo: –Vayan al poblado de enfrente. Al entrar, encontrarán un borrico atado, sobre el que nadie ha montado aún; desátenlo y tráiganlo.

[31] Y si alguien les pregunta por qué lo desatan, le dirán que el Señor lo necesita.

[32] Fueron los enviados y lo encontraron como Jesús les había dicho.

[33] Cuando estaban desatando el borrico, sus dueños les dijeron: –¿Por qué lo desatan?

[34] Ellos respondieron: –El Señor lo necesita.

[35] Ellos se lo llevaron a Jesús. Pusieron sus mantos sobre el borrico y ayudaron a Jesús para que se montara en él.

[36] Según iba avanzando, extendían sus mantos en el camino.

[37] Cuando ya se iba acercando a la bajada del monte de los Olivos, los discípulos de Jesús, que eran muchos, llenos de alegría, gritaban alabanzas a Dios por todos los milagros que habían visto.

[38] Decían: –Bendito el rey que viene en nombre del Señor. ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!

[39] Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: –Maestro, reprende a tus discípulos.

[40] Pero Jesús respondió: –Les aseguro que si éstos callaran, empezarían a gritar las piedras.

[41] Cuando se fue acercando, al ver la ciudad, lloró por ella,

[42] y dijo: –¡Si en este día comprendieras tú también los caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados.

[43] Llegará un día en que tus enemigos te rodearán con trincheras, te cercarán y te atacarán por todas partes;

[44] te aplastarán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán piedra sobre piedra en tu recinto, por no haber reconocido el momento en que Dios ha venido a salvarte.

[45] Jesús entró en el templo y comenzó a expulsar a los vendedores,

[46] diciéndoles: –Está escrito: Mi casa será casa de oración; pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones.

[47] Jesús enseñaba todos los días en el templo. Los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los principales del pueblo buscaban matarlo.

[48] Pero no encontraban el modo de hacerlo, porque el pueblo entero estaba escuchándolo, pendiente de su palabra.

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