[1] Salomón se emparentó con el faraón, rey de Egipto, al tomar a una hija de éste como esposa. La llevó a la ciudad de David, mientras acababa de construir su palacio, el templo del Señor y las murallas de Jerusalén.
[2] El pueblo ofrecía sacrificios en los altozanos, porque aún no se había edificado un templo en honor del Señor.
[3] Salomón amaba al Señor, siguiendo las normas de su padre David, pero también él sacrificaba y quemaba incienso en los altozanos.
[4] El rey fue a sacrificar a Gabaón, el altozano más importante, y ofreció mil víctimas en holocausto sobre aquel altar.
[5] Allí el Señor se le apareció en sueños durante la noche, y le dijo: –Pídeme lo que quieras, que yo te lo daré.
[6] Salomón respondió: –Tú favoreciste mucho a mi padre David, tu siervo, porque caminó en tu presencia con fidelidad, justicia y rectitud de corazón, y le has conservado tu favor dándole un hijo que se siente en su trono, como hoy sucede.
[7] Y ahora, Señor, Dios mío, tú me has hecho rey a mí, tu siervo, como sucesor de mi padre David; pero yo soy muy joven y no sé cómo gobernar.
[8] Tu siervo está en medio del pueblo que te has elegido, un pueblo numeroso, que no se puede contar, y cuya multitud es incalculable.
[9] Da, pues, a tu siervo un corazón sabio para gobernar a tu pueblo y poder discernir entre lo bueno y lo malo. Porque ¿quién, si no, podrá gobernar a un pueblo tan grande?
[10] Agradó mucho al Señor esta petición de Salomón,
[11] y le dijo: –Ya que me has pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para gobernar con justicia,
[12] te concederé lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente como no ha habido antes de ti ni lo habrá después.
[13] Pero además te añado lo que no has pedido: riquezas y gloria en tal grado, que no habrá en tus días rey alguno como tú.
[14] Si caminas por mis sendas y guardas mis preceptos y mandamientos, como hizo tu padre David, te daré una larga vida.
[15] Salomón se despertó y vio que había sido un sueño. Regresó a Jerusalén y se presentó ante el arca de la alianza del Señor, ofreció holocaustos y sacrificios de comunión, y dio un banquete a todos sus servidores.
[16] Por entonces se presentaron al rey dos prostitutas.
[17] Una de ellas le dijo: –Con tu permiso, señor mío. Esta mujer y yo vivimos en la misma casa; yo di a luz en la casa.
[18] A los tres días dio a luz también ella. Estábamos juntas y no había nadie más en la casa.
[19] Una noche murió el hijo de esta mujer, aplastado por ella misma;
[20] entonces ella se levantó a media noche, tomó a mi hijo de mi lado, mientras tu sierva dormía, y lo acostó en su regazo, y a su hijo muerto lo acostó en el mío.
[21] Cuando de madrugada me levanté para amamantar a mi hijo, lo encontré muerto. Pero, examinándolo luego atentamente a la luz del día, vi que no era mi hijo, el que yo había dado a luz.
[22] La otra respondió: –No es verdad, mi hijo es el vivo y el tuyo es el muerto. Pero la primera decía: –No, tu hijo es el muerto y el mío es el vivo. Así discutían delante del rey.
[23] Entonces, el rey se pronunció así: –La una dice: «Mi hijo es el vivo y el tuyo es el muerto». La otra: «No, tu hijo es el muerto y el mío es el vivo».
[24] Y ordenó: –Tráiganme una espada. Le trajeron una espada al rey,
[25] y el rey mandó: –Partan en dos al niño vivo y den la mitad a cada una.
[26] Entonces la madre del niño vivo, conmovida íntimamente por su hijo, suplicó: –Por favor, señor, dale a ella el niño vivo. ¡Por ningún motivo lo mates! La otra, en cambio, decía: –Que no sea ni para ti ni para mí; que lo partan.
[27] Entonces el rey sentenció: –Entréguenle a la primera el niño vivo; no lo maten. Ella es su madre.
[28] Todo Israel se enteró de la sentencia del rey y respetaron al rey, viendo que había en él una sabiduría divina para administrar justicia.