La libreta de Topota
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Los ojos del desierto. El brillante del Sahara: El Aiaún.

A menos de una hora de vuelo desde Las Palmas, Binter nos traslada a una nueva realidad, vecina aunque por muchos desconocida, a la que ya no tenemos escusa para no conocer.

Con unas tradiciones aún vigentes y cautivadoras, como la del té saharaui; con un siglo XXI palpable y presente abierto a las nuevas tecnologías del 4G; de su exotismo en el vestir o gastronómico... Le invito a un paseo por sus calles, sus plazas y sus gentes.

“Al principio todo te parece un lío, no comprendes la ciudad pero con los días vas viendo el sentido” me dice Sid en la terraza de un café de la Plaza Dchira disfrutando de un buen café au laît. Y es verdad, tan pronto te encuentras las calles llenas como vacías si del cauce de un río que corriera ahora subterráneo ahora exterior se tratase, caso del Saqui al Hamra, o río Rojo, frontera norte de la ciudad, que al igual que el Guadiana, aparecía y desaparecía, dándole el nombre a la ciudad.

Y como en un mimetismo las gentes aparecen y desaparecen de las calles hasta que le das la razón a Sid y comprendes. La vida en El Aiaún tiene dos momentos cumbres, por la mañana hasta algo después del mediodía y a la tarde más bien noche, respondiendo a lo que impone el sol del desierto.

Con el frescor las calles se llenan, la ciudad despierta y da comienzo la vibrante vida nocturna de El Aiaún: las terrazas de los cafés, primas hermanas de un París lejano, se abarrotan de gentes que hacen bailar el té; las fuentes cobran colores imitando las características malhfa de las mujeres saharauis tan propias en el vestir; sus zocos que convierten las arterias de la ciudad en animadísimos mercados donde obtener todo lo que se busque. 

Vayamos por ejemplo a la avenida Bukhara y sus aledaños a la caída del sol y sumerjámonos en un mundo de colores, olores, lenguajes y culturas difícil de olvidar. La vida nocturna local no se relaciona tan solo con el tiempo de ocio, tiempo perfecto también para encontrar los mejores dátiles, la leche fresca de camella, elegir el pavo más lozano para que nos lo preparen allí mismo respetando el más estricto halal mientras nos dejamos invadir por las esencias y tonalidades de montañas de especias.

Caminamos entre un océano de idiomas el árabe dariya se mezcla con el hassania, el francés y el español salen a nuestro encuentro de ojos desacostumbrados aún a los turistas occidentales buscando tan solo una respuesta a su saludo o entablar una conversación ya que muchos de sus habitantes nacieron “bajo la bandera española”, como se dice aquí, y nos dan la bienvenida al Sahara.  La cordialidad y hospitalidad de sus gentes embriaga y hace sentirnos como en casa. Nos dejamos llevar hasta entrada la madrugada con el regusto de nuestros sentidos colmados de nuevas sensaciones y la tranquilidad de sentirnos seguros andando por las calles del centro de El Aiaún pues la seguridad es una de sus características principales.

Los ojos del desierto. El brillante del Sahara: El Aiaún.

A menos de una hora de vuelo desde Las Palmas, Binter nos traslada a una nueva realidad, vecina aunque por muchos desconocida, a la que ya no tenemos escusa para no conocer.

Con unas tradiciones aún vigentes y cautivadoras, como la del té saharaui; con un siglo XXI palpable y presente abierto a las nuevas tecnologías del 4G; de su exotismo en el vestir o gastronómico... Le invito a un paseo por sus calles, sus plazas y sus gentes.

“Al principio todo te parece un lío, no comprendes la ciudad pero con los días vas viendo el sentido” me dice Sid en la terraza de un café de la Plaza Dchira disfrutando de un buen café au laît. Y es verdad, tan pronto te encuentras las calles llenas como vacías si del cauce de un río que corriera ahora subterráneo ahora exterior se tratase, caso del Saqui al Hamra, o río Rojo, frontera norte de la ciudad, que al igual que el Guadiana, aparecía y desaparecía, dándole el nombre a la ciudad.

Y como en un mimetismo las gentes aparecen y desaparecen de las calles hasta que le das la razón a Sid y comprendes. La vida en El Aiaún tiene dos momentos cumbres, por la mañana hasta algo después del mediodía y a la tarde más bien noche, respondiendo a lo que impone el sol del desierto.

Con el frescor las calles se llenan, la ciudad despierta y da comienzo la vibrante vida nocturna de El Aiaún: las terrazas de los cafés, primas hermanas de un París lejano, se abarrotan de gentes que hacen bailar el té; las fuentes cobran colores imitando las características malhfa de las mujeres saharauis tan propias en el vestir; sus zocos que convierten las arterias de la ciudad en animadísimos mercados donde obtener todo lo que se busque. 

Vayamos por ejemplo a la avenida Bukhara y sus aledaños a la caída del sol y sumerjámonos en un mundo de colores, olores, lenguajes y culturas difícil de olvidar. La vida nocturna local no se relaciona tan solo con el tiempo de ocio, tiempo perfecto también para encontrar los mejores dátiles, la leche fresca de camella, elegir el pavo más lozano para que nos lo preparen allí mismo respetando el más estricto halal mientras nos dejamos invadir por las esencias y tonalidades de montañas de especias.

Caminamos entre un océano de idiomas el árabe dariya se mezcla con el hassania, el francés y el español salen a nuestro encuentro de ojos desacostumbrados aún a los turistas occidentales buscando tan solo una respuesta a su saludo o entablar una conversación ya que muchos de sus habitantes nacieron “bajo la bandera española”, como se dice aquí, y nos dan la bienvenida al Sahara.  La cordialidad y hospitalidad de sus gentes embriaga y hace sentirnos como en casa. Nos dejamos llevar hasta entrada la madrugada con el regusto de nuestros sentidos colmados de nuevas sensaciones y la tranquilidad de sentirnos seguros andando por las calles del centro de El Aiaún pues la seguridad es una de sus características principales.

Los ojos del desierto. El brillante del Sahara: El Aiaún.

A menos de una hora de vuelo desde Las Palmas, Binter nos traslada a una nueva realidad, vecina aunque por muchos desconocida, a la que ya no tenemos escusa para no conocer.

Con unas tradiciones aún vigentes y cautivadoras, como la del té saharaui; con un siglo XXI palpable y presente abierto a las nuevas tecnologías del 4G; de su exotismo en el vestir o gastronómico... Le invito a un paseo por sus calles, sus plazas y sus gentes.

“Al principio todo te parece un lío, no comprendes la ciudad pero con los días vas viendo el sentido” me dice Sid en la terraza de un café de la Plaza Dchira disfrutando de un buen café au laît. Y es verdad, tan pronto te encuentras las calles llenas como vacías si del cauce de un río que corriera ahora subterráneo ahora exterior se tratase, caso del Saqui al Hamra, o río Rojo, frontera norte de la ciudad, que al igual que el Guadiana, aparecía y desaparecía, dándole el nombre a la ciudad.

Y como en un mimetismo las gentes aparecen y desaparecen de las calles hasta que le das la razón a Sid y comprendes. La vida en El Aiaún tiene dos momentos cumbres, por la mañana hasta algo después del mediodía y a la tarde más bien noche, respondiendo a lo que impone el sol del desierto.

Con el frescor las calles se llenan, la ciudad despierta y da comienzo la vibrante vida nocturna de El Aiaún: las terrazas de los cafés, primas hermanas de un París lejano, se abarrotan de gentes que hacen bailar el té; las fuentes cobran colores imitando las características malhfa de las mujeres saharauis tan propias en el vestir; sus zocos que convierten las arterias de la ciudad en animadísimos mercados donde obtener todo lo que se busque. 

Vayamos por ejemplo a la avenida Bukhara y sus aledaños a la caída del sol y sumerjámonos en un mundo de colores, olores, lenguajes y culturas difícil de olvidar. La vida nocturna local no se relaciona tan solo con el tiempo de ocio, tiempo perfecto también para encontrar los mejores dátiles, la leche fresca de camella, elegir el pavo más lozano para que nos lo preparen allí mismo respetando el más estricto halal mientras nos dejamos invadir por las esencias y tonalidades de montañas de especias.

Caminamos entre un océano de idiomas el árabe dariya se mezcla con el hassania, el francés y el español salen a nuestro encuentro de ojos desacostumbrados aún a los turistas occidentales buscando tan solo una respuesta a su saludo o entablar una conversación ya que muchos de sus habitantes nacieron “bajo la bandera española”, como se dice aquí, y nos dan la bienvenida al Sahara.  La cordialidad y hospitalidad de sus gentes embriaga y hace sentirnos como en casa. Nos dejamos llevar hasta entrada la madrugada con el regusto de nuestros sentidos colmados de nuevas sensaciones y la tranquilidad de sentirnos seguros andando por las calles del centro de El Aiaún pues la seguridad es una de sus características principales.

Los ojos del desierto. El brillante del Sahara: El Aiaún.

A menos de una hora de vuelo desde Las Palmas, Binter nos traslada a una nueva realidad, vecina aunque por muchos desconocida, a la que ya no tenemos escusa para no conocer.

Con unas tradiciones aún vigentes y cautivadoras, como la del té saharaui; con un siglo XXI palpable y presente abierto a las nuevas tecnologías del 4G; de su exotismo en el vestir o gastronómico... Le invito a un paseo por sus calles, sus plazas y sus gentes.

“Al principio todo te parece un lío, no comprendes la ciudad pero con los días vas viendo el sentido” me dice Sid en la terraza de un café de la Plaza Dchira disfrutando de un buen café au laît. Y es verdad, tan pronto te encuentras las calles llenas como vacías si del cauce de un río que corriera ahora subterráneo ahora exterior se tratase, caso del Saqui al Hamra, o río Rojo, frontera norte de la ciudad, que al igual que el Guadiana, aparecía y desaparecía, dándole el nombre a la ciudad.

Y como en un mimetismo las gentes aparecen y desaparecen de las calles hasta que le das la razón a Sid y comprendes. La vida en El Aiaún tiene dos momentos cumbres, por la mañana hasta algo después del mediodía y a la tarde más bien noche, respondiendo a lo que impone el sol del desierto.

Con el frescor las calles se llenan, la ciudad despierta y da comienzo la vibrante vida nocturna de El Aiaún: las terrazas de los cafés, primas hermanas de un París lejano, se abarrotan de gentes que hacen bailar el té; las fuentes cobran colores imitando las características malhfa de las mujeres saharauis tan propias en el vestir; sus zocos que convierten las arterias de la ciudad en animadísimos mercados donde obtener todo lo que se busque. 

Vayamos por ejemplo a la avenida Bukhara y sus aledaños a la caída del sol y sumerjámonos en un mundo de colores, olores, lenguajes y culturas difícil de olvidar. La vida nocturna local no se relaciona tan solo con el tiempo de ocio, tiempo perfecto también para encontrar los mejores dátiles, la leche fresca de camella, elegir el pavo más lozano para que nos lo preparen allí mismo respetando el más estricto halal mientras nos dejamos invadir por las esencias y tonalidades de montañas de especias.

Caminamos entre un océano de idiomas el árabe dariya se mezcla con el hassania, el francés y el español salen a nuestro encuentro de ojos desacostumbrados aún a los turistas occidentales buscando tan solo una respuesta a su saludo o entablar una conversación ya que muchos de sus habitantes nacieron “bajo la bandera española”, como se dice aquí, y nos dan la bienvenida al Sahara.  La cordialidad y hospitalidad de sus gentes embriaga y hace sentirnos como en casa. Nos dejamos llevar hasta entrada la madrugada con el regusto de nuestros sentidos colmados de nuevas sensaciones y la tranquilidad de sentirnos seguros andando por las calles del centro de El Aiaún pues la seguridad es una de sus características principales.

Los ojos del desierto. El brillante del Sahara: El Aiaún.

A menos de una hora de vuelo desde Las Palmas, Binter nos traslada a una nueva realidad, vecina aunque por muchos desconocida, a la que ya no tenemos escusa para no conocer.

Con unas tradiciones aún vigentes y cautivadoras, como la del té saharaui; con un siglo XXI palpable y presente abierto a las nuevas tecnologías del 4G; de su exotismo en el vestir o gastronómico... Le invito a un paseo por sus calles, sus plazas y sus gentes.

“Al principio todo te parece un lío, no comprendes la ciudad pero con los días vas viendo el sentido” me dice Sid en la terraza de un café de la Plaza Dchira disfrutando de un buen café au laît. Y es verdad, tan pronto te encuentras las calles llenas como vacías si del cauce de un río que corriera ahora subterráneo ahora exterior se tratase, caso del Saqui al Hamra, o río Rojo, frontera norte de la ciudad, que al igual que el Guadiana, aparecía y desaparecía, dándole el nombre a la ciudad.

Y como en un mimetismo las gentes aparecen y desaparecen de las calles hasta que le das la razón a Sid y comprendes. La vida en El Aiaún tiene dos momentos cumbres, por la mañana hasta algo después del mediodía y a la tarde más bien noche, respondiendo a lo que impone el sol del desierto.

Con el frescor las calles se llenan, la ciudad despierta y da comienzo la vibrante vida nocturna de El Aiaún: las terrazas de los cafés, primas hermanas de un París lejano, se abarrotan de gentes que hacen bailar el té; las fuentes cobran colores imitando las características malhfa de las mujeres saharauis tan propias en el vestir; sus zocos que convierten las arterias de la ciudad en animadísimos mercados donde obtener todo lo que se busque. 

Vayamos por ejemplo a la avenida Bukhara y sus aledaños a la caída del sol y sumerjámonos en un mundo de colores, olores, lenguajes y culturas difícil de olvidar. La vida nocturna local no se relaciona tan solo con el tiempo de ocio, tiempo perfecto también para encontrar los mejores dátiles, la leche fresca de camella, elegir el pavo más lozano para que nos lo preparen allí mismo respetando el más estricto halal mientras nos dejamos invadir por las esencias y tonalidades de montañas de especias.

Caminamos entre un océano de idiomas el árabe dariya se mezcla con el hassania, el francés y el español salen a nuestro encuentro de ojos desacostumbrados aún a los turistas occidentales buscando tan solo una respuesta a su saludo o entablar una conversación ya que muchos de sus habitantes nacieron “bajo la bandera española”, como se dice aquí, y nos dan la bienvenida al Sahara.  La cordialidad y hospitalidad de sus gentes embriaga y hace sentirnos como en casa. Nos dejamos llevar hasta entrada la madrugada con el regusto de nuestros sentidos colmados de nuevas sensaciones y la tranquilidad de sentirnos seguros andando por las calles del centro de El Aiaún pues la seguridad es una de sus características principales.

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