Santo Adriano, Asturias en la España Barbaciada
09 March 2026

Santo Adriano, Asturias en la España Barbaciada

Zafarrancho Vilima

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Después de sacudirnos las escamas del salmón en San Tirso de Abres y comprobar que no nos hemos dejado ningún dedo probando el filo de las navajas locales, ponemos rumbo al este. Enfilamos la N-634 y luego la A-63, recorriendo unos 138 kilómetros de curvas asturianas que harían palidecer a un piloto de rallies, hasta que nuestro Seat 131 SuperMirafiori pide un respiro en el concejo de Santo Adriano. Este rincón es la definición gráfica de "pequeño pero matón", con apenas 286 habitantes según el último censo. Su capital es Villanueva, un nombre que tiene mucha guasa porque aquí lo más "nuevo" se construyó probablemente antes de que se inventara el concepto de tiempo.
Su gentilicio es adrianense, y hay que decir que el adrianense nace con un máster en paciencia y pulmones de acero. Viven en un desfiladero tan estrecho que, si quieres cambiar de opinión, tienes que salirte al concejo de al lado para poder dar la vuelta con el coche. Pero no se dejen engañar por su tamaño; históricamente, Santo Adriano es un titán. La joya de la corona es la Iglesia de San Adriano de Tuñón, consagrada en el año 891. ¡Escuchen bien, vilimeros! Mil cien años antes de que llegara el primer módem a España, aquí ya tenían una fundación real de Alfonso III el Magno y la reina Jimena. Estamos hablando de un prerrománico de pata negra, con una planta basilical de tres naves que ha aguantado invasiones, guerras, humedades y el paso de los siglos sin despeinarse. Entrar allí es como meterse en una cápsula del tiempo donde el aire todavía huele a cera de abeja del siglo IX y a una historia que no cabe en un libro de texto convencional. Sus frescos originales son de los pocos que se conservan de la época, mostrando un colorido que desafía a la física tras más de un milenio de inviernos astures.
Pero si por algo es famoso hoy Santo Adriano es por ser la puerta de la Senda del Oso. Lo que antaño fue un trazado de ferrocarril minero para sacar el carbón de los valles, hoy es una pista donde los turistas se cansan mientras los adrianenses los miran con curiosidad desde sus huertos. Lo mejor es el cercado osero: aquí viven Paca y Tola (y ahora la joven Molina), las osas más famosas del país. Los paisanos custodian este tesoro natural en un entorno de desfiladeros calizos que te quitan el hipo. Además, el municipio cuenta con el Abrigo de Tuñón, con pinturas rupestres que demuestran que aquí ya se hacía arte cuando el concepto de "pintura" era una idea revolucionaria del paleolítico. Es un lugar donde el río Trubia marca el compás de la siesta y donde los puentes medievales, como el de Villanueva, parecen puestos ahí por un decorador de cine con muy buen gusto. La arquitectura civil también destaca con sus hórreos y paneras que parecen flotar sobre pegoyos de piedra, recordándonos que aquí el grano se guarda a salvo de la humedad y de los roedores con una ingeniería que ya quisieran en la NASA.