Peñarrubia, Cantabria en La España Barbaciada
16 March 2026

Peñarrubia, Cantabria en La España Barbaciada

Zafarrancho Vilima

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Cruzamos la frontera invisible que separa el cachopo del cocido montañés y nos internamos en tierras cántabras por la A-8, para luego desviarnos por la N-621 en un trayecto de unos 122 kilómetros que nos lleva directos al Desfiladero de la Hermida. Si ustedes sufren de vértigo o claustrofobia, mejor cierren los ojos y recen lo que sepan, porque las paredes de roca caliza se elevan más de 600 metros sobre sus cabezas. Hemos llegado a Peñarrubia, un municipio de apenas 317 habitantes cuya capital es Linares, un pueblo que parece estar suspendido de un hilo de seda sobre el abismo y donde las nubes a veces entran por la ventana de la cocina para saludar.
Su gentilicio es peñarrubusco o peñarrubusca. El peñarrubusco es una persona de otra pasta, acostumbrada a que el horizonte siempre tenga forma de pared vertical. La historia de Peñarrubia está ligada a las Asturias de Santillana y a los linajes de la nobleza montañesa que se partían la cara por cada palmo de tierra. En Linares destaca la imponente Torre del Pontón, una estructura defensiva del siglo XIV que controlaba el paso por el valle. Imagínense a los soldados de la casa de los Manrique asomados a esas almenas, vigilando que ningún despistado pasara sin pagar el portazgo o, peor aún, que no vinieran con malas intenciones desde la meseta. La torre es gótica, robusta y con unos muros que harían que un arquitecto moderno se echara a llorar de pura envidia técnica. No es solo una torre, es el símbolo de un tiempo donde la piedra era la única seguridad frente al mundo exterior.
Pero Peñarrubia tiene un secreto que nos encanta en este programa: el Mirador de Santa Catalina. Está situado sobre las ruinas de una fortaleza altomedieval llamada la Bolera de los Moros. Desde allí, el vacío te saluda y puedes ver el río Deva allá abajo, pareciendo un hilillo de plata que serpentea entre las rocas. Dicen que desde este mirador se pueden ver hasta los pecados que cometiste en el instituto si miras con suficiente atención. Y para bajar la adrenalina, nada como el barrio de La Hermida. Aquí el agua brota de la tierra a 60 grados centígrados, como si el mismísimo diablo estuviera haciendo una sopa en el sótano. Los romanos, que eran muy de ponerse en remojo y sabían vivir como reyes, ya conocían estas fuentes termales. En el siglo XIX se construyó el balneario actual, que fue refugio de la burguesía que venía a "tomar las aguas" con sus sombreros y sus bastones de mando. Es el contraste perfecto: la dureza de la piedra del desfiladero y el calor relajante del agua medicinal que cura desde el reuma hasta las penas del alma. Además, el municipio cuenta con pequeñas iglesias como la de San Andrés que guardan retablos que son auténticas joyas ocultas del barroco rural.