Brañosera, Palencia en la España Barbaciada
23 March 2026

Brañosera, Palencia en la España Barbaciada

Zafarrancho Vilima

About
Abandonamos el mar y el desfiladero para subir hacia las nubes palentinas. Tomamos la CA-282 y la CL-627, cruzando el mítico puerto de Piedrasluengas en un viaje de 115 kilómetros que nos deja con los oídos taponados y el alma en un vilo. Bienvenidos a Brañosera, un pueblo de 252 habitantes que no es un pueblo cualquiera: es, oficialmente, el Primer Ayuntamiento de España. Aquí el orgullo se mide en siglos, concretamente en doce, que se dice pronto. Si ven a un vecino por la calle, háganle una reverencia, que están ante la aristocracia del municipalismo europeo.
Su gentilicio es brañoserano y brañoserana. El brañoserano tiene el honor de vivir en la cuna de nuestra organización civil. En el año 824, el conde Munio Núñez y su esposa Argilo concedieron la Carta Puebla a cinco familias. Les dijeron: "Si aguantáis aquí este frío que pela, a los lobos que aúllan de hambre y a los sarracenos que asoman por el horizonte, esta tierra es vuestra y os gobernaréis vosotros mismos". Y así nació el primer fuero de España. El documento original se custodia como oro en paño en el Monasterio de Silos, pero en Brañosera la historia se palpa en el Monumento a los Fueros y en la piedra oscura y resistente de sus fachadas, que parecen diseñadas para aguantar un bombardeo o un invierno palentino de los de antes, de esos que dejaban el pueblo incomunicado durante semanas.
Para entender la magnitud de este lugar, hay que recordar que su nombre deriva de "Brannia-Oseria", que en romance antiguo significaba "braña de osos", reflejando lo salvaje de estas tierras cuando el Conde Munio Núñez decidió asentarse aquí. Según las crónicas, la concesión del fuero no fue solo un acto de generosidad, sino una estrategia militar de la Reconquista para crear una barrera humana en la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica. La importancia de Brañosera fue tal que, siglos después, en el año 968, los habitantes de la villa confirmaron sus fueros ante el nieto del fundador, Fernán González, el primer Conde independiente de Castilla. Incluso durante la Guerra de la Independencia, el valor de sus gentes fue clave en la resistencia contra las tropas napoleónicas que intentaban controlar los pasos de montaña. Este pasado guerrero y administrativo se funde con la tradición ganadera, donde la trashumancia marcó durante siglos el ritmo de una sociedad que sabía que el derecho a la tierra se ganaba con el sudor y la ley escrita.
La altitud (casi 1.200 metros) hace que aquí el invierno no sea una estación, sino un estado mental que dura ocho meses. Pero el brañoserano no se achanta; de hecho, durante gran parte del siglo XX vivieron de la minería del carbón, una industria durísima que forjó un carácter de acero y una solidaridad que ya quisiéramos en las grandes ciudades. En cuanto al patrimonio, no se pueden perder la Iglesia de Santa Eulalia, con un ábside románico que es pura poesía en piedra, o la pequeña ermita de San Roque que vigila el pueblo. Brañosera es además territorio del oso pardo y del urogallo, aunque lo más probable es que vean más ciervos que osos. Pasear por el bosque de la Pedrosa es como entrar en un decorado de El Señor de los Anillos, con acebos centenarios y una luz que parece filtrada por un estudio de cine. Y hablando de comer, aquí el chuletón de ternera de la Montaña Palentina se sirve en raciones que te dan energía para refundar la nación tú solo. Es un lugar de silencio absoluto, de campanas que suenan a historia vieja y de una paz que solo se encuentra cuando sabes que tus antepasados ya firmaban actas municipales cuando el resto del mundo todavía no sabía ni lo que era un concejal.