
A principios del año 2000, una joven maestra llamada Roxana Villarejo, comenzó a escribir cartas. Las enviaba a una dirección que no era la de una casa ni la de una oficina, era la de una prisión. El hombre al que le escribía era un asesino confeso, alguien que llevaba ya varios años encerrado por uno de los crímenes más brutales que había conocido la Argentina. Nadie en su círculo cercano entendía bien qué la llevaba a hacerlo. Pero ella siguió escribiendo. Lo que Roxana vivió después es parte de una historia mucho más larga, una historia que no comenzó con ella, sino con una chica de diecisiete años llamada Carolina Aló.
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