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La transición al día lunes revela un patrón logístico y humano profundamente significativo. Jesús, consciente del inmenso peligro y de las maquinaciones latentes en la capital, no pernoctaba dentro de los muros de Jerusalén. Al caer la noche, se retiraba a la pequeña aldea periférica de Betania, un santuario de hospitalidad y seguridad emocional donde residían sus amigos más íntimos: Lázaro, Marta y María. Desde una perspectiva teológica unicitaria, esta necesidad de repliegue, descanso físico y comunión subraya la total y genuina humanidad de Jesús (1 Timoteo 3:16) frente a las demandas extenuantes de su ministerio.