
28 March 2026
Criptoprofetas. Hipermasculinidad y nueva derecha, con Paula C. Chang y Andrea G. Galarreta
Pol&Pop
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“Los criptos se convirtieron en la imagen de un nuevo tipo de sujeto político y económico, un nodo donde convergen la especulación financiera, el individualismo exacerbado y una masculinidad inquieta y ansiosa de validación”. Esto dejan caer Paula C. Chang y Andrea G. Galarreta entre los términos de su glosario, al inicio de Criptoprofetas. Hipermasculinidad y nueva derecha (Bauplan, 2026). Pero los criptos son un sujeto particular. Uno del tipo mancha de aceite que copa la infoesfera entre sus subespecies de unos poco propietarios, unos muchos bros, una escalera de mentores para convertir a estos en aquellos y un selecto grupo de profetas que anuncian el mundo por venir.
Si se fían de los criptoprofetas, sepan que ese mundo viene pocho. Se comparte ahí esa inclinación de época por el fin del mundo, que es tema recurrente del podcast (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/fiesta-del-apocalipsis-natalia-castro-picon;
https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/ciencia-ficcion-capitalista) pero el abismo al que se asoman, les parecerá curioso, no es la guerra, la extinción de formas de vida en el planeta o el abandono de sociedades al límite de sus fuerzas. El abismo es la pluralidad, que se te lleva subiendo a la chepa desde que alguien empezó a tontear con la tolerancia y acabó por incluirla en la sala de máquinas de una gobernabilidad democrática. Y, por su parte, el mundo que emerge no es el propio de un apocalipsis bonito de primavera. No hay en él ninguna oportunidad de invertir las jerarquías, sino que se anuncia como el último golpe sobre la mesa para plegarlas todas en la mano de la minoría de señores que se han mantenido infranqueables y puros. Mundo aplanado en su punto de colapso, sin presas para el depredador, sin vida para la muerte, sin fuel para el lambo.
Una propuesta política de este tipo solo puede calificarse como reactiva. Se cierra a cal y canto frente a la vulnerabilidad e incluso frente a la propia idea de construir una intimidad. Frente a una sensación de impotencia que es ubicua para cualquier cuerpo contemporéno, primero reacciona esde el asco, luego desde el odio y finalmente desde la violencia. Todo pop, por supuesto. Fascismo pop. Si de esta máquina de inmunización masiva se sigue algún producto, debe buscarse en el campo de la hipermasculinidad, donde se dobla la apuesta. El problema es que, si la masculinidad de toda la vida ya era una performance -y nos estaba quedando bastante meh-, la hipermasculinidad es una pirotecnica de género unidireccional y potencialmente autolítica que no produce más que la reducción del mundo a uno mismo, sea a escala personal o geopolítica.
La cuestión es que, fuera de una minoría de criptofamosos y de sus principales acólitos, no debería darse por sentado que la reacción hipermasculina responda a la buena salud de la masculinidad previa, sino más bien al contrario, que sea la ineficacia de los dispositivos masculinistas estándar para lidiar con la incertidumbre y la impotencia contemporáneas la que promueva este salto de calidad. Si de algo sabemos en occidente es, de hecho, de reformar instituciones fallidas redoblando sus lógicas. En todo caso, si esto es así, el sentido de este libro o de estas discusiones no residiría tanto en identificar la contradicción o la fragilidad de las bases de todo este girio a la derecha de lo masculino, sino partir de esa incomodidad ante el presente, abrazar la herida y tomarla como principio -siempre que se tengan fuerzas y cierta seguridad- para una conversación distinta. Animarse.
Si se fían de los criptoprofetas, sepan que ese mundo viene pocho. Se comparte ahí esa inclinación de época por el fin del mundo, que es tema recurrente del podcast (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/fiesta-del-apocalipsis-natalia-castro-picon;
https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/ciencia-ficcion-capitalista) pero el abismo al que se asoman, les parecerá curioso, no es la guerra, la extinción de formas de vida en el planeta o el abandono de sociedades al límite de sus fuerzas. El abismo es la pluralidad, que se te lleva subiendo a la chepa desde que alguien empezó a tontear con la tolerancia y acabó por incluirla en la sala de máquinas de una gobernabilidad democrática. Y, por su parte, el mundo que emerge no es el propio de un apocalipsis bonito de primavera. No hay en él ninguna oportunidad de invertir las jerarquías, sino que se anuncia como el último golpe sobre la mesa para plegarlas todas en la mano de la minoría de señores que se han mantenido infranqueables y puros. Mundo aplanado en su punto de colapso, sin presas para el depredador, sin vida para la muerte, sin fuel para el lambo.
Una propuesta política de este tipo solo puede calificarse como reactiva. Se cierra a cal y canto frente a la vulnerabilidad e incluso frente a la propia idea de construir una intimidad. Frente a una sensación de impotencia que es ubicua para cualquier cuerpo contemporéno, primero reacciona esde el asco, luego desde el odio y finalmente desde la violencia. Todo pop, por supuesto. Fascismo pop. Si de esta máquina de inmunización masiva se sigue algún producto, debe buscarse en el campo de la hipermasculinidad, donde se dobla la apuesta. El problema es que, si la masculinidad de toda la vida ya era una performance -y nos estaba quedando bastante meh-, la hipermasculinidad es una pirotecnica de género unidireccional y potencialmente autolítica que no produce más que la reducción del mundo a uno mismo, sea a escala personal o geopolítica.
La cuestión es que, fuera de una minoría de criptofamosos y de sus principales acólitos, no debería darse por sentado que la reacción hipermasculina responda a la buena salud de la masculinidad previa, sino más bien al contrario, que sea la ineficacia de los dispositivos masculinistas estándar para lidiar con la incertidumbre y la impotencia contemporáneas la que promueva este salto de calidad. Si de algo sabemos en occidente es, de hecho, de reformar instituciones fallidas redoblando sus lógicas. En todo caso, si esto es así, el sentido de este libro o de estas discusiones no residiría tanto en identificar la contradicción o la fragilidad de las bases de todo este girio a la derecha de lo masculino, sino partir de esa incomodidad ante el presente, abrazar la herida y tomarla como principio -siempre que se tengan fuerzas y cierta seguridad- para una conversación distinta. Animarse.