"¡Ellos no quieren hacer nada!"
"Piensan que lo saben todo..."
"No nos quieren enseñar a hacer las cosas."
Estas frases reflejan algo que estamos viviendo cada vez con más frecuencia: el conflicto intergeneracional. Quizás nunca antes las diferencias generacionales habían sido tan visibles. En algunos casos, la tensión llega a tal punto que determinados miembros de una generación terminan siendo reconocidos como "los enojaditos". En otros, el clima organizacional, familiar o social se deteriora y hace surgir lo peor de cada uno.
Es un fenómeno mundial; en los Estados Unidos, hay estudios sobre generaciones más antiguas que parecen no querer jubilarse, aferrándose muchas veces al cargo que ocupan. En Brasil, por ejemplo, un presidente de 80 años busca una cuarta elección.
En otros entornos se escucha cada vez más fuerte el clamor por el "relevo generacional", mientras algunos presidentes muy jóvenes gobiernan con una dureza que parecería pertenecer a tiempos arcaicos.
¿Dónde está el problema?
Quizás, en parte, las diferencias ya no se miden solamente en décadas. Se miden en años.
Y la distancia puede ser sorprendente incluso entre generaciones que están muy cerca. Basta observar, en un video, cómo una hermana de la generación Alfa se burla de su hermana de la generación Z.
No veo una solución rápida para este fenómeno. Al contrario, es posible que las diferencias se profundicen con el tiempo, pero hay algo que cada uno de nosotros puede hacer desde este mismo instante.
* El zapato del otro. Particularmente, no soy muy partidario de la técnica de la empatía basada en "ponerse en los zapatos de la otra persona", pues somos tan diversos, sin embargo, al hablar en generaciones hay un "plus" bastante evidente: todos pasamos, al menos potencialmente, por diferentes edades. Un ejercicio sencillo consiste en imaginar cómo seríamos nosotros si tuviéramos la edad de la otra persona. ¿Cómo pensaríamos, cómo reaccionaríamos? ¿Qué nos preocuparía, qué defenderíamos? ¿Qué nos parecería importante? Quizás descubramos que algunas actitudes que hoy nos incomodan no son tan diferentes de las que nosotros mismos tendremos, o tuvimos, en otra etapa de la vida.
* Diálogo abierto. Conversar es una de las mejores maneras de construir una relación cuando existen perspectivas diferentes. Significa abrirse a la maravillosa posibilidad de descubrir que la otra persona puede estar viendo el mundo desde un lugar completamente distinto. Sin cuestionar. Sin juzgar. Simplemente escuchando. Puede ser un proceso que tome días, semanas o incluso meses, pero si vamos a convivir durante años, vale la pena invertir ese tiempo.
* Aprender, enseñar. Cada generación tiene experiencias valiosísimas para compartir y mucho por aprender. En realidad, eso era lo que sucedía en muchas de aquellas famosas cenas familiares o reuniones de Navidad: se compartían historias, experiencias, conocimientos y maneras diferentes de ver la vida. Tal vez no necesitamos inventar algo nuevo, quizás necesitamos recuperar esas oportunidades. Después de todo, vamos a seguir viviendo, conviviendo, trabajando y estudiando con personas de diferentes generaciones.
No podemos cambiar la diversidad generacional, pero lo que sí puede cambiar es la manera en que nos relacionamos con ellas.
No podemos eliminar las diferencias entre generaciones, pero sí aprender a construir puentes entre ellas.
Y cuando disminuyen las tensiones, aparece algo maravilloso: dejamos de ver generaciones... y empezamos a ver el ser.
#generaciones #diálogo #empatía #aprendizaje
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