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El hombre suele ser muy irrespetuoso al referirse a Dios, refiriéndose a él como si fuera otro hombre o un amigo; el flaco, el de arriba, el pulento, y nombres similares, sin considerar lo insensato e irrespetuoso de su proceder.
El hombre también suele culpar a Dios por las consecuencias negativas de sus propios actos y, además, considera que El Señor debe darle un lugar en el Cielo, ignorando y rechazando lo que Dios ha dispuesto, ignorando las fatales consecuencias de actuar siendo insensatos.