
Han pasado nueve años desde que el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) firmaron el Acuerdo Final de Paz en Cartagena, el 26 de septiembre de 2016. Fue un momento histórico: tras más de cinco décadas de guerra, el país parecía abrir una puerta hacia la reconciliación. El acuerdo, negociado en La Habana con el acompañamiento de Cuba y Noruega, fue celebrado como un modelo mundial de resolución de conflictos.
Hoy, sin embargo, la paz sigue siendo inconclusa. Para comprender las luces y sombras de este proceso, entrevistamos a Diego Tovar, integrante de la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final (CSIVI) y delegado ante el Consejo de Seguridad de la ONU por la Alta parte contratante; John León, coordinador nacional de la Corporación Humanitaria Reencuentros y excombatiente de las FARC, dedicado a la búsqueda humanitaria de desaparecidos; Olga Lucía Quintero y Antonio Quintero, líderes sociales de la Asociación Campesina del Catatumbo (ASCAMCAT), organización que defiende los derechos campesinos y denuncia las consecuencias de la no implementación del acuerdo en su territorio.
El pacto incluía seis grandes puntos: la reforma rural integral, la participación política, el fin del conflicto armado, la solución al problema de las drogas ilícitas, el reconocimiento y reparación de las víctimas, y los mecanismos de implementación y verificación internacional. Elevado a la categoría de tratado internacional y parte del bloque de constitucionalidad, el acuerdo fue considerado por el Consejo de Seguridad de la ONU como un “caso feliz”, un ejemplo de consenso en medio de un mundo marcado por guerras y divisiones.
Sin embargo, nueve años después, las voces de quienes han vivido el proceso desde dentro —excombatientes, líderes sociales y delegados internacionales— coinciden en que la paz sigue siendo una promesa inconclusa.