El fracaso de la democracia y la trampa del aislamiento: cómo el neoliberalismo captura incluso a quienes lo resisten
26 February 2026

El fracaso de la democracia y la trampa del aislamiento: cómo el neoliberalismo captura incluso a quienes lo resisten

de RUSCA con AMOR

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En un escenario de democracias debilitadas y desigualdades crecientes, las alternativas que se presentan como rupturas con el orden neoliberal terminan, con frecuencia, reproduciendo sus mismas lógicas. Desde las comunas europeas hasta la izquierda institucional, la fragmentación y el repliegue identitario funcionan como mecanismos que neutralizan la posibilidad de un antagonismo colectivo. La pregunta ya no es solo por el fracaso de la democracia, sino por la capacidad del neoliberalismo para colonizar incluso las formas de vida que buscan oponérsele.

El fracaso de la democracia y la captura neoliberal

La democracia liberal atraviesa una crisis profunda, pero admitirlo implica cuestionar no solo las instituciones, sino también las formas de vida que hemos naturalizado. Reconocer ese fracaso supone aceptar que el sistema no solo organiza la economía: también moldea subjetividades, deseos y modos de relacionarnos. Por eso cuesta tanto imaginar alternativas. Y por eso, incluso quienes buscan salirse del modelo terminan reproduciendo sus lógicas.

Maurizio Lazzarato lo advierte con claridad en ¿Hacia una guerra civil mundial?: uno de los efectos más eficaces del neoliberalismo es la fragmentación de los grupos subalternos, que quedan aislados en luchas parciales, incapaces de articular un antagonismo común. No se trata de un accidente, sino de un mecanismo estructural: dividir para gobernar, separar para neutralizar.



Ese aislamiento adopta formas diversas. En Europa, proliferan comunas y proyectos de vida “alternativos” que rechazan la industrialización y buscan regresar a prácticas premodernas. Sin embargo, lejos de constituir una ruptura, muchas de estas experiencias terminan funcionando como microcomunidades autosuficientes, cerradas sobre sí mismas, con reglas que excluyen a quienes no pueden —por razones médicas, económicas o sociales— adaptarse a ellas. Son, paradójicamente, expresiones de la misma racionalidad neoliberal que dicen combatir: responsabilidad individual, autosuficiencia, meritocracia moral.

La periodista Paola Dragnic lo sintetizó en una entrevista con El Clarín de Chile: “todos somos neoliberales; la pregunta es: ¿cuánto neoliberal soy?”. La frase revela una verdad incómoda: incluso las resistencias están atravesadas por la lógica que intentan cuestionar.

La izquierda institucional tampoco escapa a esta trampa. Como señala Nancy Fraser, la fragmentación de las luchas —feministas, ambientales, territoriales, laborales— ha debilitado la capacidad de construir un proyecto común. Cada grupo defiende su causa, pero la articulación estructural se diluye. El resultado es una izquierda que administra el orden en lugar de disputarlo, atrapada en la gobernabilidad y temerosa de confrontar al poder económico.

El aislamiento, entonces, no es solo un problema organizativo: es una deriva sociológica del neoliberalismo, que produce sujetos solitarios, comunidades cerradas y movimientos incapaces de construir mayorías. En ese paisaje, la democracia se vacía, la política se reduce a gestión y las derivas autoritarias encuentran terreno fértil.

Superar esta trampa exige reconstruir lo común, articular luchas dispersas y recuperar la capacidad de imaginar un horizonte colectivo. Sin esa tarea, la democracia seguirá fracasando y el neoliberalismo continuará triunfando incluso allí donde se proclama su derrota.