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María cuando dejas de negociar con Dios
Hay una conversación que muchos nunca dicen en voz alta, pero que ocurre dentro del corazón. No es rebelión abierta, es algo más sutil y más peligroso: una negociación constante con Dios. “Sí, Señor, pero no esto.” “Confío… pero hasta cierto punto.” “Me entrego… pero esto lo sigo controlando.” Y así, sin darnos cuenta, construimos una vida espiritual donde Dios está presente, pero no es el Señor.
Muchas veces no es falta de fe. Es miedo disfrazado. Miedo a perder lo que amas, a que Dios te pida demasiado, a quedarte sin control. Y el corazón, para protegerse, administra la entrega.
En este Día 32 meditamos el momento en que Dios pone a prueba a Abraham y le pide a Isaac, su hijo, el que ama (Génesis 22,1-2). Dios no quería quitarle a Isaac: quería liberarlo de depender de Isaac. Porque cuando algo bueno ocupa el lugar de Dios, deja de ser bendición y se convierte en apego. Lo que estaba en juego no era lo que Dios pedía, sino quién gobernaba realmente el corazón.
María nos muestra el camino contrario. Ella no negocia. No porque no tenga miedo, sino porque su confianza es más grande que su miedo. Cuando no entendía, permanecía. Cuando dolía, permanecía. Su “sí” no fue solo un momento, fue una forma de vivir.
A un día de cerrar esta consagración, hoy recordamos: la entrega comienza donde termina la negociación.
Hay una conversación que muchos nunca dicen en voz alta, pero que ocurre dentro del corazón. No es rebelión abierta, es algo más sutil y más peligroso: una negociación constante con Dios. “Sí, Señor, pero no esto.” “Confío… pero hasta cierto punto.” “Me entrego… pero esto lo sigo controlando.” Y así, sin darnos cuenta, construimos una vida espiritual donde Dios está presente, pero no es el Señor.
Muchas veces no es falta de fe. Es miedo disfrazado. Miedo a perder lo que amas, a que Dios te pida demasiado, a quedarte sin control. Y el corazón, para protegerse, administra la entrega.
En este Día 32 meditamos el momento en que Dios pone a prueba a Abraham y le pide a Isaac, su hijo, el que ama (Génesis 22,1-2). Dios no quería quitarle a Isaac: quería liberarlo de depender de Isaac. Porque cuando algo bueno ocupa el lugar de Dios, deja de ser bendición y se convierte en apego. Lo que estaba en juego no era lo que Dios pedía, sino quién gobernaba realmente el corazón.
María nos muestra el camino contrario. Ella no negocia. No porque no tenga miedo, sino porque su confianza es más grande que su miedo. Cuando no entendía, permanecía. Cuando dolía, permanecía. Su “sí” no fue solo un momento, fue una forma de vivir.
A un día de cerrar esta consagración, hoy recordamos: la entrega comienza donde termina la negociación.