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Hay cargas que no llegaron a tu vida con un nombre claro. No venían etiquetadas. Simplemente aparecieron. Y tú, en ese momento, hiciste lo único que sabías hacer: las tomaste. A veces por amor. A veces por miedo. A veces porque nadie más lo hizo.
Con el tiempo, lo que tomaste se volvió costumbre. Y lo que se vuelve costumbre deja de cuestionarse. Así el corazón aprende a vivir cargando cosas que nunca le correspondieron. Y lo más delicado: puedes acostumbrarte tanto al peso que ya no sabes cómo vivir sin él.
Pero hoy la Palabra revela otra lógica: “Confía tus cargas al Señor, y Él te sostendrá.” (Salmo 55,22) Dios no niega que llevas peso. Pero no dice “quédate con eso”. Dice “entrégalo”.
El alma no fue creada para sostenerlo todo. Y soltar lo que no te corresponde no es abandonar. Es devolver. Devolver a Dios lo que siempre fue suyo. Devolverte a ti mismo tu lugar.
María vivió llena de momentos que no podía controlar, y no se aferró. Su confianza no era pasiva. Era una entrega interior constante. Porque Dios no necesita que cargues todo. Necesita que confíes.
Con el tiempo, lo que tomaste se volvió costumbre. Y lo que se vuelve costumbre deja de cuestionarse. Así el corazón aprende a vivir cargando cosas que nunca le correspondieron. Y lo más delicado: puedes acostumbrarte tanto al peso que ya no sabes cómo vivir sin él.
Pero hoy la Palabra revela otra lógica: “Confía tus cargas al Señor, y Él te sostendrá.” (Salmo 55,22) Dios no niega que llevas peso. Pero no dice “quédate con eso”. Dice “entrégalo”.
El alma no fue creada para sostenerlo todo. Y soltar lo que no te corresponde no es abandonar. Es devolver. Devolver a Dios lo que siempre fue suyo. Devolverte a ti mismo tu lugar.
María vivió llena de momentos que no podía controlar, y no se aferró. Su confianza no era pasiva. Era una entrega interior constante. Porque Dios no necesita que cargues todo. Necesita que confíes.