¿Alguna vez le has pedido a Dios que se apure?
“Dios, ya esperé demasiado.”
“Ya quiero que esto sane.”
“¿Hasta cuándo?”
Eclesiastés 3 nos recuerda que hay una temporada para todo y que Dios hace todo hermoso en el momento apropiado.
Hay tiempo para sembrar y tiempo para cosechar.
Tiempo para llorar y tiempo para reír.
Tiempo para buscar… y también tiempo para soltar.
Quizá una de las cosas más difíciles de la fe es aceptar que no todo lo que Dios está haciendo puede verse mientras lo está haciendo.
No juzgues toda tu historia por la temporada que estás viviendo hoy.
Un hilo enredado no significa que Dios perdió el diseño.
Tal vez estás esperando una respuesta, una sanidad, una puerta, una restauración… y quisieras adelantar el reloj. Pero hay procesos que no pueden acelerarse sin afectar lo que se está formando.
Por eso hoy quiero dejarte esta frase:
Confiar en Dios no significa entender su tiempo; significa confiar en su carácter aunque no entiendas su cronograma.
Suelta el reloj.
Dios no necesita llegar según tus tiempos para seguir siendo fiel.
Y cuando aparezca otra vez ese pensamiento: “Esto ya debería haber pasado”, ora:
“Señor, confío en tu tiempo más de lo que confío en mi cronograma.”
Las lecturas son:
Eclesiastés 1:1 - 3:22
2 Corintios 6:1-13
Salmo 46:1-11
Proverbios 22:15
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